martes, 20 de enero de 2009

"El sueño de Carla" por Elena Ávila, 6º de Primaria

Carla era una niña a la que, de la Navidad sólo le gustaban los regalos y las grandes comidas. Su familia era la más rica del pueblo y Carla siempre presumía de sus juguetes, pero nunca los prestaba a nadie, y por eso no tenía amigos.

Pablo era muy diferente a Carla, pues él no tenía grandes comidas ni regalos por Navidad, sino que vivía en una vieja cabaña de madera, que casi se caía a trozos, y en invierno se colaba el frío por los huecos que tenía. Sin embargo, al contrario que Carla, Pablo era un buen chico, con muchos hermanos y se llevaba muy bien con su familia. Tenía un perrito blanco que se llamaba Pipo y una yegua marrón que se llamaba Nica. ¨¡Cuánto deseo que llegue la Navidad! ¡Espero tanto que de nuevo nazca el niño Jesús!¨, se decía Pablo cada día al levantarse.

Un día, Carla se fue a dar un paseo con sus diez muñecas, todas vestidas con trajes rosas y amarillos, en un inmenso carrito celeste decorado con hilitos de oro y plata. Era noviembre y había montones de hojas por el parque. Carla se sentó en un banco a descansar. Vio venir a una anciana que le preguntó por una calle, y la niña le indicó intencionadamente una dirección equivocada. Cuando la anciana se alejó, Carla soltó unas maliciosas carcajadas y se alejó con su carrito.

Carla se fue directa a su casa, que era una gran mansión con enormes jardines y dos cuadras. Como ya era tarde, sus padres la regañaron y tuvieron una larga pelea mientras cenaban y después de que la niña tirara su plato al suelo, se dirigió hasta su cuarto y allí se quedó viendo la tele, aunque sólo estaban dando las noticias. De repente Carla se sobresaltó, pues estaban anunciando la desaparición de una anciana, y también enseñaron su foto. ¡Era la anciana al la que Carla había engañado por la tarde en el parque! Carla no se lo podía creer.

Unos días antes, los padres de Pablo, le habían dicho que iban a recibir una visita muy importante, y que iban a intentar reparar la cabaña. Enseguida, Pablo fue con sus hermanos a cortar leña y regresaron con un buen montón. Pablo tenía nueve años, al igual que Carla, pero era fuerte y sabía cortar muy bien la leña. Todos sus hermanos, que eran cinco, se preguntaban quién podía ser la importante visita, pero Pablo se preocupaba más por el niño Jesús, que pronto nacería, al igual que él, pobre y con frío. Pablo tenía que impedir que Jesús naciera tan pobre y con frío, pero no tenía idea de cómo lo podría hacer. De pronto se le ocurrió una gran idea, pero necesitaba la compañía de una niña, y no conocía a nadie adecuado, aunque no descartó la idea.

Aunque los padres de Pablo no veían la televisión, porque no tenían, se enteraron de la desaparición de una anciana mediante unos buenos amigos que se lo comunicaron y les enseñaron una foto. Los padres de Pablo entristecieron y le dijeron a sus hijos que la importante visita que esperaban ya no vendría. Pablo también entristeció mucho, pero no tanto como sus hermanos, pues tenía un plan que llevar a cabo y una amiga a la que encontrar.

Carla se sintió mal, porque ella había engañado a la anciana sólo para divertirse, pero sin la intención de que ésta se perdiera y desapareciera. Desde aquél momento algo cambió en Carla, sintió que alguien la estaba buscando para una buena obra y ella decidió buscar también, para compensar su mala acción.
Una semana después, la tercera semana de noviembre, ocurrió algo maravilloso. Carla salió por primera vez a la calle sin sus juguetes y decidió buscar a la persona que la necesitaba. Encontró en un claro de una colina cercana, una cabaña en la que habían bastantes niños cortando leña y dando martillazos. De repente, de una alameda salió un gracioso niño de su misma edad, con el cabello rizado y de piel blanca, muy parecido a la anciana desaparecida. El niño miró a Carla extrañado durante un minuto, y después salió disparado hacia ella. Carla se quedó tan quieta, que cuando el niño llegó a toda velocidad frente a la chica, los dos cayeron al suelo.
¨¡¡¡Eres tú!!!¨, gritaron los dos a la vez. Después de eso, los dos se presentaron y Pablo le contó su plan a Carla. Después Carla le dijo a Pablo que algo le había conducido hasta él, algo mágico que la había hecho cambiar y arrepentirse de su mala acción y creer en la Navidad. También Pablo le dijo que esa anciana era su abuela, a la que tanto esperaban. Carla prometió ayudarle y también buscar a la anciana.
Ese mismo día, Pablo contó su plan: -Antes de nada, tienes que prometerme que no volverás a hacer ninguna mala obra, pues necesito un corazón bueno para llevar a cabo mi plan.
-Carla le prometió que sería buena toda su vida, pero con la condición de que Pablo fuera su amigo para siempre y la perdonara por haberle estropeado la visita.
-Claro que seré tu amigo, y además te perdoné hace un rato. Pero eso es lo que menos importa, tengo que contarte mi plan, así que sentémonos en aquellas rocas y te lo contaré tranquilamente.
Se sentaron en unas apacibles rocas, y como hacía un día delicioso, no sintieron demasiado frío.
-Bien, -empezó a decir Pablo -como ya sabes, el veinticinco de diciembre nace el niño Jesús. Carla asintió, aunque era la primera vez que lo escuchaba, pues ella nunca se había interesado por lo que sucedía en Navidad, aunque ahora sí que sentía un repentino interés.
-Pues yo necesito impedir que nazca con frío y en un mísero pesebre, por eso necesito coger su figura del belén que ponen todos los años en el ayuntamiento y resguardarlo en un sitio calentito y acogedor. Como mi casa es muy fría y pobre, no puedo llevarlo allí, pero tu casa es muy grande y, por lo que me imagino, calentita. Después nos encargaríamos de buscar a mi abuela y así todos pasaremos unas felices Navidades.

Después de aquel día de noviembre, Carla y Pablo esperaban con impaciencia que pusieran el belén, que era bastante grande y a tamaño real, en el ayuntamiento. Durante esos días, la amistad entre Pablo y Carla se iba haciendo más fuerte. Carla era una chica muy bonita, con su pelo castaño y sus preciosos ojos verdes, pero también se había vuelto buena, ya no se peleaba con su familia y había aprendido que la amistad puede llegar a ser preciosa.

Llegó la segunda semana de diciembre, y hacía mucho frío. Cuando el día diez de diciembre ya estaba puesto el belén, Carla y Pablo quedaron por la noche para coger al niño Jesús del pesebre y llevarlo a casa de Carla, donde lo podrían esconder perfectamente.
A las diez de la noche, después de cenar, Carla y Pablo se habían escapado sigilosamente, cada uno de sus respectivas casas, y se habían reunido en el ayuntamiento, donde les fue fácil coger la figurita del niño Jesús y llevarla a casa de Carla, donde la niña la colocó entre sus muñecas y la vistió con un bonito vestido para que así, todos la confundieran con una muñeca más.
La noticia se disparó por todo el pueblo, pero nadie sospechaba de Carla ni de Pablo, pues sólo eran dos niños de nueve años. La figurita del belén fue reemplazada por un muñeco, aunque ya no quedaba tan bonito.
-¡Cuánto me alegro de que por fin, el niño Jesús pueda nacer en un lugar calentito y acogedor! -decía Pablo, cada vez más excitado.
-Ya, pero todavía me falta una promesa por cumplir -dijo Carla, entristeciendo de repente. -¡Yo te prometí buscar a tu abuela para que pudieras pasar la Navidad con ella! Ya estamos a veinticuatro de diciembre y todavía no la hemos encontrado. Carla rompió a llorar, y Pablo le dijo que se reuniera con él a las ocho. Carla obedeció y a las ocho, en el mismo claro donde se habían conocido, vio a su amigo de la mano de la anciana. Carla se llevó tal sorpresa que sólo pudo abrazar a la anciana y echarse a llorar. Entonces, como por arte de magia, a la anciana y a su amigo le salieron alas, sus rostros se iluminaron y la anciana ya no tenía el aspecto cansado de siempre, sino que en su cara se reflejaba la mismísima felicidad…
¡Riiiiiiiinng! ¡Riiiiiiiiing! Carla se sobresaltó y se incorporó en la cama. Entonces, sin vestirse, cogió su bata y salió corriendo a la calle, ante la mirada de todos, se dirigió hacia el claro donde había conocido a su amigo, y para su sorpresa, pudo ver que allí no había ninguna cabaña, ninguna yegua, y además, era la segunda semana de noviembre.
Cuando llegó a su casa, pudo ver que en el montón de muñecas, había un muñeco muy diferente, de cabello rizado y piel blanca, muy parecido a su amigo y a la anciana.

Elena Ávila Cladera. 6º A
C.E.I.P. “San Francisco”

"Cuento de Navidad" por Manuel Nieto Vega, 6ºB

Hacía mucho frío pero no nevaba. Santi no podía pensar más que en los copos de nieve cayendo sobre su pueblo y ver todos los tejados de sus vecinos de color blanco, como si hubiese nubes posadas sobre las tejas. Pero las nubes habían permanecido durante muchos días colgadas del cielo y Santi ya no estaba seguro de continuar alimentando su ilusión de ver nevar desde la ventana de su dormitorio.
Su ilusión era tan profunda que se había olvidado de que era 19 de diciembre del año 2006, la víspera de las vacaciones de navidad. Sólo pensaba en la nieve. Cuando estaba en clase intentaba prestar atención todo el tiempo a las explicaciones de los profesores, pero le era imposible evitar mirar hacia el cielo a través de las ventanas. Cuando se despertaba, lo primero que hacía era mirar el termómetro situado en el jardín de su casa y antes de verlo apretaba las manos para conseguir que los grados bajaran y, una vez comprobada la temperatura, miraba a las nubes con ganas de pedirles un favor. Estaba todo el día inquieto y preguntando a sus padres si nevaría o no. Aunque no se lo decía a nadie, su ilusión consistía en que las Navidades de ese año fueran las más blancas de su vida. Ése era el regalo que Santi quería aunque no se le había ocurrido pedírselo a Papá Noel.

No paraba de pensar en qué hacer para que nevara en ese día tan especial. Pensaba y pensaba pero no daba con la solución.

Un día que quedó con un amigo suyo le dijo que le apetecía mucho que nevara y su amigo le dijo que eso era imposible, que no iba a nevar porque no hacia el suficiente frío. A él le dio muchísima pena y se puso a llorar. Su amigo se asustó un poco porque él no se lo había dicho con mala intención; entonces le dijo que no pasaba nada, que seguro que otro año nevaría. Pero él no quería que nevara otro año, quería que nevara ése.

Un poco enfadado se fue a su casa casi llorando; cuando llegó le dijo a su madre, ya desesperado, que quería que nevara.

A su madre también le hacía mucha ilusión que nevara pero estaba casi segura de que era imposible, pues el tiempo no era muy frío; pero ella para no desilusionarlo le dijo que escribiera su deseo en un papelito y luego lo tirara en la chimenea y que así se le cumpliría el deseo que tenía.

Santi fue corriendo a buscar un papel donde escribir su deseo pero en todos había algo escrito, así que su madre tuvo que llevarlo a una papelería para que comprara unos folios. Ella estaba un poco nerviosa porque lo que le había dicho no era de verdad, simplemente era para que no se pusiera triste.

Cuando llegaron a casa, Santi estaba muy contento porque por fin iba a nevar, o eso esperaba. Cogió uno de los folios del paquete y empezó a escribir letrita por letrita hasta que, después de un gran esfuerzo, consiguió escribir la frase entera.

Fue corriendo a la chimenea y lo tiró muy rápido para que el deseo se cumpliera lo antes posible. Estuvo esperando un rato, pero no caía ni un solo copito de nieve, hasta que, cuando pasaron unas cuantas horas empezó a llover muy fuertemente.

Cada vez la ilusión era menor, pues no esperaba que después de todo ese rato nevara, por lo menos antes de que fuera Navidad.

Miraba por la ventana para ver si caía algún copo de nieve y de tanto mirar se quedó dormido totalmente.

Estuvo durmiendo unas cuantas horas hasta que su padre lo despertó corriendo porque ¡estaba nevando! Santi no sabía si era un sueño o era real, pero... era precioso. Empezó a saltar de alegría por toda la casa, y salió corriendo para tocar la nieve. Le dio a su madre las gracias por haberlo ayudado y le dijo que era la mejor madre el mundo. Su madre estaba muy contenta porque ni ella se lo creía, se quedó asombradísima de que, por sólo escribir un deseo en un papel y tirarlo a la chimenea, se cumpliera.

Al rato, Santi entró en casa porque ya era tarde y tenía que ir a la cama. Al día siguiente era Navidad y tenía que aguantar despierto todo lo que pudiera. Le costó dormirse de contento que estaba pero, al final, acabó durmiéndose.

Bueno, ya era Navidad y todo estaba blanco, o sea, como él la había imaginado durante un tiempo. Toda la familia estaba feliz y contenta y empezaron a cantar villancicos hasta que sus voces no podían más.

Fue una Navidad muy especial que nunca olvidará.
Manuel Nieto Vega. 6º B
C.E.I.P. “San Francisco”

martes, 30 de septiembre de 2008

La señora de "El Estrecho"

Desde la muerte de su tío Alfred, ocurrida en extrañas circunstancias ocho años atrás, Edward Siking viaja por primera vez a Cádiz en 1910. Entre el equipaje, una veintena de cartas remitidas por Alfred entre 1890 y 1902. Ellas eran testigo del paulatino deterioro que se iba produciendo en la salud mental del compositor inglés.
Efectivamente, Alfred era músico y quería conocer Cádiz, así como los escenarios que tuvieron relación directa o indirecta con la batalla de Trafalgar. Su intención era componer una obra de carácter heroico en la que se describieran tanto los prolegómenos como las distintas fases de la batalla. Su idea musical se veía aún más motivada por el hecho de que su bisabuelo paterno había perdido la vida aquel octubre de 1805 embarcado a las órdenes del Almirante Nelson.
Las primeras cartas que Edward recibía de su tío, reflejaban la euforia de un hombre lleno de vitalidad, impresionado por un paisaje de indescriptible belleza e ilusionado por la fluidez y acierto con que las frases musicales se iban haciendo cada vez más numerosas en sus folios pautados. Más adelante, sin embargo, se produjo un sensible frenazo en la producción de “La Batalla”, y ello coincidiendo con la aparición de una mujer en la vida de Alfred. A partir de esas fechas, primavera de 1892, aquella mujer, de la que nunca Edward supo su nombre, desarrolló sobre el músico una influencia muy poderosa, desviando sus perspectivas musicales hacia otros campos. Así quedaba de manifiesto cuando escribió: “He dejado temporalmente La Batalla, pues la señora me ha prometido una información valiosísima que me hará cambiar la estructura general de la obra. Mientras tanto, estoy componiendo por deseo suyo “Las Mentiras de Satán”.
..

También por deseo de ella compondría “El Pozo de los Lamentos” (1895), “La Segunda Pasión” (1897) y “La Tumba de Cristal” (1899).
Pese a que Edward intentara a través de la correspondencia saber algo más sobre aquella mujer y así tratar de influir en su tío para que retomara el trabajo de La Batalla y se olvidara de las demás obras menores, todo resultaría inútil. De la mujer supo que jamás fue amante de su tío aunque éste fue enamorándose poco a poco de ella.
Con respecto a la obra, una frase escrita en enero de 1901 sería muy significativa: “Ha merecido la pena esperar. He terminado La Batalla y la ayuda que he recibido de la señora ha sido sublime...”.
Ese mismo año, Edward constataba con horror cómo la demencia se cebaba con su pobre tío, cuando en otra fechada a primeros de mayo, se leía: “... cuento los minutos deseando que cada día a la misma hora, la señora salga del fondo del Estrecho para reunirse conmigo...”.
En marzo de 1902, Alfred Siking fue hallado sin vida en la orilla de una playa del Atlántico gaditano.
Ocho años más tarde, su sobrino Edward Siking tuvo la oportunidad de desplazarse al lugar donde los acontecimientos se habían desarrollado. Durante cuatro años las indagaciones fueron abundantes, pero infructuosas. Sobre el asunto de la enigmática mujer, Edward intentaba averiguar preguntando con la cautela necesaria, pero nadie sabía nada o no quería saber. Un pobre borracho anduvo contándole en su embriaguez la extraña historia de una mujer acusada de infidelidad, a la que su marido, lleno de celos, encerró en un subterráneo donde era mantenida viva a pan y agua. Cierta noche, enloquecido, el marido la golpeó con tal brutalidad que acabó matándola y arrojando su cuerpo inerte en alta mar.
Edward conoció muchos detalles de la vida de su tío pero poco más. Las partituras no fueron halladas, especulándose con que Alfred las había enterrado en algún sitio de las montañas entre Camarinal y Tarifa.
El inminente comienzo de la I Gran Guerra obligó a Edward a regresar a su patria precipitadamente y sin cumplir sus objetivos. Durante el viaje de retorno repasaba una tras otra las cartas del tío cuando, de repente, sus pupilas se dilataron, palideció y lleno de estupor exclamó: -¡Dios mío! ¡Es cierto! ¡Las obras de tío Alfred lo confirman todo!

Luis Gerardo Ortiz de Luque (1999).


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domingo, 9 de diciembre de 2007

"Relato navideño" de Víctor Bricio Blázquez

RELATO NAVIDEÑO

Los niños y Papá Noel

Los demás cuentos dicen que Papá Noel vive en Groenlandia (Polo Norte), pero este cuento afirma que habita en un bosque de abetos en Finlandia.
Los habitantes de un pueblo cercano empezaban a cortar los abetos del bosque, porque la Navidad ya se acercaba. Si lo hacían todos, Papá Noel se quedaría desprotegido y no podría traer los regalos.

Un buen día Neus y Martí encontraron un hueco en un árbol milenario. Curiosos, se metieron dentro. Allí había una casa y en ella, Papá Noel.
-¡Me habéis descubierto! –dijo Papá Noel.
-Así que... ¿existes en realidad? –dijeron Neus y Martí a unísono.
-Sí, existo de verdad. ¿Qué os pensabais? Pero, chicos, tenéis que guardarme el secreto y conseguir que no talen más árboles, porque si no, destrozarán mi casa y no podré entregar los regalos en Navidad.
-Te lo prometemos –dijo Neus.
-Sí, cuenta con nosotros –dijo Martí.

A la mañana siguiente, Neus y Martí preguntaron a sus padres:
-¿Por qué hay que talar un abeto en Navidad?
-Porque es tradición. Podríamos hacer otra cosa, pero eso es lo que se viene haciendo –dijo el padre.
-¿Otra cosas? ¿Cómo qué? –preguntó Martí.
-Podríamos adornar cualquier planta del salón, pero... como os he dicho, es lo que se viene haciendo –contestó el padre.

A la hora de comer, Martí dijo a Neus:
-Oye, ¿no es para el dos de diciembre cuando se va al escenario a decir algo sobre la Navidad?
-Es verdad, podríamos decir que no talen abetos para el árbol de Navidad.
-Si. Para esa fecha aún no se habrán talado muchos.

El dos de diciembre fueron al escenario y a ellos les correspondía salir en décimo lugar.
Al salir, dijo Neus:
-¿Es que hay que talar abetos y contribuir a la pérdida de las plantas en la Tierra?
¿Acaso no podemos adornar cualquier planta de nuestro salón como árbol de Navidad? –dijo Martí a continuación.
-Si hacemos esto, ayudaremos a toda la humanidad –añadió Neus.
-Si continuamos talando abetos, los animales del bosque se quedarán sin un árbol –prosiguió Martí.
¡No talemos árboles y salvemos el bosque, amigos! –dijeron ambos a unísono.

¡Sí, es buena idea! Podríamos hacerlo. ¡Sí, sí! ¡Viva! –se decía entre el público.

A día siguiente Neus y Martí fueron a ver a Papá Noel.
¡Lo habéis conseguido! –dijo.
¡Si, lo hemos conseguido! –dijeron Neus y Martí.


Víctor Bricio Blázquez.
6º de Primaria (C.E.I.P. “San Francisco”)

"Relato navideño" de Miriam Jiménez Sánchez

RELATO NAVIDEÑO

Una estrella fugaz

Esta historia sucedió en la noche de Navidad, muy lejos de aquí.
Había una familia joven formada por Pablo y María. Eran muy felices. Aquella noche de Navidad, en vez de ver la televisión, se sentaron en la puerta para ver las estrellas. El cielo estaba totalmente estrellado y vieron una correr por el firmamento y pidieron un deseo rápidamente.

Por la mañana se levantaron y fueron a trabajar. Pablo se fue a cazar y María daba de comer a las gallinas. Una de ellas se le escapó y marchó al campo sola. María se dio cuenta de que faltaba una, fue a buscarla y la encontró. La gallina le huía y parecía que deseaba guiar a la granjera hacia algún sitio. María, la siguió, vio unos matorrales que se movían, fue a ver qué había, y...
Era una niña tapada con una manta. María la cogió y se fue a casa con ella en brazos. Cuando Pablo llegó a casa, la sorpresa fue enorme.
-¡Cariño, mi deseo se ha cumplido!
-¿Qué? –preguntó Pablo.
-Mi deseo, el de la estrella fugaz.
-Así que tu deseo era ése –dijo Pablo. ¿Cómo la has encontrado?
-Ha sido en el bosque.
-¿En el bosque? –preguntó Pablo, inquieto. Vamos inmediatamente al pueblo. Debe ser de alguien de allí y la estarán buscando.

Fueron al pueblo y preguntaron por todos sitios, pero de nadie era aquella niñita. Al final decidieron quedársela hasta que aparecieran sus padres. La niña tenía que comer.

Estrella, que así la llamaron Pablo y María, fue creciendo y vivía feliz en el campo jugando con lo animales de la granja.

Pasó un año y llegó otra vez la noche de Navidad. En esta ocasión Pablo y María se habían acostado, pero las estrellas del cielo parecían enloquecidas cruzando de un lado a otro del firmamento. Estaban buscando algo. Era la más pequeñita de ellas que se había perdido hacía ya un año. Habían buscado por los mares, por las montañas, en los faros, en los barcos, hasta que por fin la hallaron en aquella perdida granja, y sonrieron. ¡Era la estrella perdida! Pero la vieron tan feliz entre Pablo y María que decidieron dejarla con ellos, aunque siempre habría alguna estrella que cuando pasara por allí se acercaría para saludarla. Todas las estrellas que se mueven velozmente en el cielo, no lo hacen por casualidad: quieren ver a Estrella.

Miriam Jiménez Sánchez.
6º de Primaria (C.E.I.P. “San Francisco”)

"Relato navideño" de Julia Delgado Bellamy

RELATO NAVIDEÑO
El milagro del joven

Érase una vez una mujer muy pobre y muy buena, que no tenía nada. Un día que iba de camino a la iglesia, se encontró a un joven muy guapo y bondadoso que le dijo que si necesitaba un trabajo, él sabía dónde tendría que acudir. La mujer, que necesitaba un trabajo de inmediato, le pidió que por favor le dijese dónde podía encontrarlo. El joven le dio la dirección de una casa y le dijo que preguntase por la señora Pilar.
La mujer acudió a la dirección que el joven le dio, pero mientras caminaba, se preguntaba si de verdad allí le darían trabajo o si acaso habría sido todo una broma de mal gusto, o tal vez algo peor. Cuando llegó y llamó a la puerta, le abrió una anciana.
La mujer preguntó por Pilar y la anciana le respondió que si, que era ella. La mujer le preguntó si allí ofrecían trabajo, que ella estaba muy necesitada. La anciana, sorprendida, dijo que hacía unos minutos se le había despedido su anterior cuidadora sin previo aviso y que iba a ofrecer trabajo de nuevo a otra persona, pero que todavía no se lo había dicho a nadie y estaba muy preocupada porque la gestión duraría muchos días y ella, casi imposibilitada como estaba, lo pasaría mal durante ese tiempo. Pilar preguntó cómo se había enterado de que necesitaba otra cuidadora con urgencia. La mujer respondió que había sido un hombre guapo y bondadoso que hacía poco había encontrado en la calle.
De repente la mujer vio un portarretratos colocado sobre un mueblecito de la entradilla y en la fotografía reconoció al joven que le dio la dirección. Sorprendida dijo: -¡Es ése el joven que he visto hace un rato!
La anciana contestó que eso no era posible pues el de la foto era su hijo que tanto amaba y que había muerto hacía ya dos años.
Las dos lloraron de emoción porque había sucedido un milagro. Aquella Navidad la pasaron juntas.


Julia Delgado Bellamy
6º de Primaria (C.E.I.P. “San Francisco)

"Relato navideño" de Eva Mª Navarro Moya

Relato Navideño

Milagro en Navidad

Había una vez un mozuelo que se llamaba Juan. De pequeño tuvo un accidente con su bicicleta y se quedó en silla de ruedas. Estaba muy triste porque nadie quería jugar con él por su minusvalía. Un día vino una niña que se llamaba María. Era de la misma edad que Juan. María se le acercó, pero él salió huyendo porque pensó que también quería reírse de su estado. Pero la niña gritó: -¡Espera, espera! ¡Quiero ser amiga tuya!
Juan no la creyó. Llegó a casa y su madre le preguntó: -¿Qué vas a pedir este año a los Reyes Magos? –pues faltaban dos meses para la Navidad.
El niño contestó: -Lo que quiero no se va a cumplir.
Sus padres hablaron y pensaron que Juan estaba perdiendo las ilusiones y la fe y que por eso estaba tan raro.
Juan había perdido alegría, vitalidad, ganas de vivir, desde el accidente y, por supuesto, había desaparecido la ilusión por la Navidad.
Sólo había algo que le comenzaba a provocar la ilusión. Se trataba de María y de su insistencia en querer ser su amiga.
De nuevo volvieron a encontrarse y ahora Juan no huyó. Se hicieron amigos. Y en cierta ocasión María le preguntó: -¿Por qué no intentas andar?
-Porque no puedo –contestó él.
Pero María insistía en que, muchas veces, la fuerza de voluntad puede más que los mejores tratamientos.
Una mañana, ya en plena Navidad, Juan llamó a María por teléfono: ¡Ven a casa enseguida! ¡Puedo andar!
-¿Qué? –dijo ella -¿Cómo ha sucedido?
Juan respondió agitado: -He entrado en una iglesia y he tocado al Niño Jesús del Belén.
Y así fue como Juan creyó en la Navidad y, lo más importante: caminó.

Eva Mª Navarro Moya
6º de Primaria (C.E.I.P. “San Francisco”)