Cuento navideño
Érase una vez, en un reino muy lejano, vivía un rey egoísta, muy egoísta, que lo único que quería siempre era vivir a costa de los demás, quitándoles gran parte del poco dinero que tenían.
Llegó la Navidad y el pueblo depositó toda su esperanza en ella, aunque al rey no le gustara para nada ésta.
En el pueblo la gente era muy pobre, pero era feliz y sobre todo en una época tan bonita como la Navidad. Se comentaba, si aquel invierno pasarían mucho frío, o si tendrían buena cosecha.
En el pueblo todo transcurría bien, al igual que en el palacio, pero resulta que, una noche se apareció en el castillo un niño que aparentaba unos seis años, con unas ropas tan finas y tan remendadas, que sorprendía que no tuviera frío. El niño se presentó ante el rey, y éste le dijo:
-¿Qué quieres? ¿Qué has venido a hacer aquí?
-Señor, buscaba un sitio donde poder pasar la noche, verá, me he perdido, y supongo que mis padres me estarán buscando. No creo que me busquen aquí, pero la noche es muy fría, está todo muy oscuro y como tengo mucho miedo, he venido a su palacio para que usted me dé cobijo.
-Está bien, pero dormirás en los establos con los caballos y con todos los animales. Y ahora, ¡lárgate!
El niño, muy agradecido, fue a los establos, se buscó un huequecito donde dormir y en menos de cinco minutos, se durmió. En cambio, el rey no podía dormir, así que fue al establo y despertó al niño de un grito:
-¡Niño!¡Despierta!
El niño, alarmado, se despertó y preguntó:
-¿Pero, qué pasa? Estaba soñando que…
-¡Calla! ¿Cómo es que puedes dormir tan a gusto entre la paja, y en cambio yo no pego ojo en toda la noche en una cama tan confortable cómo la mía?
-Pues porque yo no necesito tantas cosas cómo tú para estar a gusto y dormir bien.
El rey se quedó paralizado cuando el niño le dijo eso, así que decidió enseñarle todo su palacio para convencerle de que la vida en la corte era mejor que la suya.
-Mira, mira, una jarra de oro puro. ¡Qué belleza! ¿eh?
-Está muy fría. Yo prefiero la mía, que es de barro y es más caliente que ésta.
-Mira, mira, una estatua de mármol. ¿Te gusta?
El niño la abrazó y dijo:
-¡Brrrr!¡ Está muy fría! -Y a continuación, abrazó al rey. -Tú sí que estas calentito. A mí me gustas más tú que no esa estatua fría y que no se mueve.
-Sí… Bueno… Puedes irte a dormir, si quieres.
El niño se fue bostezando al establo y se durmió. El rey se fue también a su cama y soñó que había un montón de niños en el pueblo muriéndose de hambre. Cuando despertó, el niño ya se había ido. ¿Habría sido todo un sueño? Se lo preguntó a uno de sus guardias:
-¿Pasó por aquí anoche un niño?
-¿Qué?¿Un niño? No, qué va.
El rey, fue en su caballo al pueblo, y preguntó a los ciudadanos si habían visto a un niño dirigirse hacia el palacio, a lo que ellos contestaron que no.
El rey, cabizbajo, se dirigió a su palacio, y tomó buena nota de lo que el niño le había dicho, así que, desde aquel momento, el rey decidió dar dinero al pueblo para que pudieran tener comida y un hogar.
Elisa Vicente Escobar.
6º de Primaria (C.E.I.P. “San Francisco”)
6º de Primaria (C.E.I.P. “San Francisco”)
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