
Esta leyenda zulú, cuenta como la diosa de la lluvia vino a la tierra a buscar esposo, e incluye una descripción detallada de las cuidadosas preparaciones para la ceremonia de matrimonio de los zulúes. Pero el tema principal de esta narración es la prueba que el esposo elegido debe pasar, que pueda ver a través de las superficialidades de tan elaborada preparación, explicando así la importancia de reconocer lo que es realmente valioso en la vida.
La Diosa de la lluvia decidió tomar un esposo y, al no encontrar alguno de su agrado en los cielos, eligió a un joven mortal, el más hermoso, el más sabio que encontró en esta tierra. Así los sabios arreglaron los detalles del matrimonio, que iba a llevarse a cabo en la aldea, para luego regresar juntos a su hogar en los cielos.
Cuando el sol asomó sobre las montañas, en el día de la boda, la Diosa se preparó de tal manera que consternó a quienes vivían en los cielos, pues decidió rasurar su hermoso cabello negro, suave como plumas de ave, untó su piel tan perfectamente negra, con cenizas de un gris pálido, también se deshizo de su falda de arco iris, para vestir una vieja y rasgada piel de cebra, mientras que una amiga a la cual eligió para ser su dama de bodas, vistió como visten las novias zulúes.
Las mejores telas fueron usadas para vestir a su dama, su cabello trenzado en delicados hilos, y cada hilo ensartado con preciosas cuentas; aros de oro y plata adornando sus muñecas y tobillos; su frente y mejillas fueron marcadas con tinta sagrada; un cinturón de cuentas preciosas fue puesto en su cintura; grandes aros de oro puro pendían de sus orejas y por último la sagrada concha de la vida fue colocada en su frente.
Cuando todo estuvo listo, la Diosa y su amiga comenzaron el camino que va de las alturas a la aldea donde el joven elegido por Mbaba Mwana Waresa vivía, esperando el día en que la Diosa llegara.
Y fue cuando de repente, una tormenta cubrió el cielo y los rayos iluminaban hasta donde la vista alcanzaba, los truenos hacían que la tierra temblara y fue cuando el joven supo, que su futura esposa pronto estaría a su lado. Levantó su vista al cielo oscuro y al ver a dos mujeres que se aproximaban, quedose quieto mientras la lluvia de la buena fortuna empapaba todo en su camino.
Cuando las mujeres finalmente estaban delante de él, el joven hizo una reverencia; las mujeres de la aldea miraban nerviosas preguntándose si sabría cuál de las dos mujeres habría de ser su esposa. Y fueron sonrisas las que rompieron la tensión cuando él ofreció su mano a la Diosa, a pesar que su cabeza estaba rasurada, y que las cenizas hacían lucir su cuerpo gris, a pesar que vestía una vieja piel de cebra, y suavemente le dijo: "Bienvenida Mbaba Mwana Waresa, Diosa de la lluvia. No necesitas cuentas preciosas, ni oro ni plata, ni vestidos de telas finas, pues en tus brillantes ojos veo la riqueza de la tierra, la belleza de las cosechas, el poder del trueno y relámpago- es un honor que me hayas elegido".
Y así fue que comenzaron las celebraciones llenas de baile, comida y bebida y cuando el día terminó, la Diosa de la lluvia se puso de pie sobre la tierra, y llevó consigo al joven cuya sabiduría consistía en ver la verdad. Y aún viven juntos en los cielos plenamente felices.
Cuando el sol asomó sobre las montañas, en el día de la boda, la Diosa se preparó de tal manera que consternó a quienes vivían en los cielos, pues decidió rasurar su hermoso cabello negro, suave como plumas de ave, untó su piel tan perfectamente negra, con cenizas de un gris pálido, también se deshizo de su falda de arco iris, para vestir una vieja y rasgada piel de cebra, mientras que una amiga a la cual eligió para ser su dama de bodas, vistió como visten las novias zulúes.
Las mejores telas fueron usadas para vestir a su dama, su cabello trenzado en delicados hilos, y cada hilo ensartado con preciosas cuentas; aros de oro y plata adornando sus muñecas y tobillos; su frente y mejillas fueron marcadas con tinta sagrada; un cinturón de cuentas preciosas fue puesto en su cintura; grandes aros de oro puro pendían de sus orejas y por último la sagrada concha de la vida fue colocada en su frente.
Cuando todo estuvo listo, la Diosa y su amiga comenzaron el camino que va de las alturas a la aldea donde el joven elegido por Mbaba Mwana Waresa vivía, esperando el día en que la Diosa llegara.
Y fue cuando de repente, una tormenta cubrió el cielo y los rayos iluminaban hasta donde la vista alcanzaba, los truenos hacían que la tierra temblara y fue cuando el joven supo, que su futura esposa pronto estaría a su lado. Levantó su vista al cielo oscuro y al ver a dos mujeres que se aproximaban, quedose quieto mientras la lluvia de la buena fortuna empapaba todo en su camino.
Cuando las mujeres finalmente estaban delante de él, el joven hizo una reverencia; las mujeres de la aldea miraban nerviosas preguntándose si sabría cuál de las dos mujeres habría de ser su esposa. Y fueron sonrisas las que rompieron la tensión cuando él ofreció su mano a la Diosa, a pesar que su cabeza estaba rasurada, y que las cenizas hacían lucir su cuerpo gris, a pesar que vestía una vieja piel de cebra, y suavemente le dijo: "Bienvenida Mbaba Mwana Waresa, Diosa de la lluvia. No necesitas cuentas preciosas, ni oro ni plata, ni vestidos de telas finas, pues en tus brillantes ojos veo la riqueza de la tierra, la belleza de las cosechas, el poder del trueno y relámpago- es un honor que me hayas elegido".
Y así fue que comenzaron las celebraciones llenas de baile, comida y bebida y cuando el día terminó, la Diosa de la lluvia se puso de pie sobre la tierra, y llevó consigo al joven cuya sabiduría consistía en ver la verdad. Y aún viven juntos en los cielos plenamente felices.
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